Tuesday, July 19, 2005

La desintegración de mi abuelo

Diego lama

Paúl Santamaria

La desintegración de mi abuelo

Mi abuelo nació en 1945, bajo una estación de tren en donde cayeron cuarenta y cinco bombas aliadas.

Mientras los señores con bigotes estaban muy ocupados tratando de descifrar los gemidos de una ballena que salía de los altoparlantes de la estación.

La madre de mi abuelo lloraría un poco más, sonriendo, sin hacer ningún ruido, y mi abuelo le colaboraría, con muchas ganas, las patas separadas y la boca abierta.

Nunca entendió por qué para liberar a los judíos y a los comunistas de los campos nazis, los ingleses botaron bombas sobre la estación en donde mi bisabuela lavaba overoles antes de estar preñada. Los ingleses eran judíos y precisamente mi bisabuela era comunista pero nunca llego a ser judía.

Por eso seguro mi abuelo se negó ir a Londres, hasta incluso se negó cuando un jefe mas gordo que el, el dueño de la compañía Yunques, lo amenazo con mandarlo a las Indias.

Tampoco habría conocido la meseta roja y más hermosa que mi abuelo iba a conocer y de la cual no volvería a salir hasta el día de ayer, con los ojos bien abiertos y los pies apuntando a otro pueblo parecido.

Tampoco hubiera conocido a mi abuela, que en esos tiempos era una gordita linda pero elegante, a la que mi abuelo cortejó durante cinco largos años hasta que el padre de mi abuela lo dejó acercarse.

Pero al fin se pudieron casar y afortunadamente nadie se opuso.

Mi abuelo, de común acuerdo con la hermana mayor de mi abuela, y el cura del pueblo preparó una gran fiesta con más carne asada y cerveza de la que nunca se vio en Berlín.

Así fue la historia de mi abuelo

Lo que después vino fue mi mamá, de la que no hay nada que contar. Que emigró a Bogotá y se casó con mi papá, que era un importante vendedor de cafeteras y, después de ganar más dinero, nacimos mis dos hermanas y yo.

Yo estoy sentado procurando por escribir respirando hondo en cada curva de la finca en donde mi abuelo fundó su fábrica de cementos. En vez de estar regresando a una casa donde mi madre hace mermelada, mientras entierran a su padre en el pueblo más lindo del mundo.

Otra aclaración. Yo soy comunista. Y en este bus declaro que nuca más vuelvo a esa ciudad, pero aquí me quedo, no en el bus sino en esta finca la cual hizo mi abuelo con mucho esfuerzo.

Me gusta este pueblo y voy a seguir haciendo lo que hacía en mi barrio: Falsificando papeles para todo tipo y aquí me voy a falsificar un buen título de Arquitecto, y voy a ser el único arquitecto.

Lo que me llevó a escribir estas palabras, fue precisamente mi abuelo mismo. Su cuerpo, además de su historia y su presencia, dura como una piedra.

Me gustó muchísimo el entierro de mi abuelo bueno al principio fue aburrido. Pero no aburrió nada el cajón de mi abuelo.

Negro, pesado, sobre la tierra roja de la calle.

Duro, con los brazos ordenados a ambos lados del cuerpo, riéndose todavía, porque se murió en la mitad de otra carcajada sin eco, seca, que soltó en la mitad de la noche, en la mitad de la cama doble.

Una señora gorda, morena, de labios gruesos entró en un ataque de llanto tal que las flacas señoras elegantes tuvieron que carraspear hasta atorarse en su tiza. Y Plinio se llevó a la señora detrás de un guayabo y le dio un trago de aguardiente y la puso a mirar: el cañón lejano y las nubes blancas.

Bueno, pues lo mejor fue lo que vino después. Aparecieron por una calle muy estrecha, donde apenas cabían dos bueyes monumentales, pero elegante dignos de mi abuelo.

Me lo pude imaginar a mi abuelo, parado junto a esos bueyes, acariciándoles el lomo. Pero no les acarició nada, estaba muerto.

Yo estuve solo, todo el tiempo.

Pero no tan solo. Porque se me fueron acercando las amigas de mi abuelo y todos caminamos detrás del muerto.

Pero nosotros no sufrimos.

Sudamos, eso sí mientras los hombres más jóvenes iban más atrás. Hablando sobre su trabajo.

Plinio era el que le avisaba a mi abuelo antes de cada hueco a pesar de que el cura le decía riéndose que los muertos no oyen, y Plinio contaba anécdotas relacionadas a mi abuelo.

Bonito. O no.

Plinio ya se quedó dormido.

El señor que maneja el bus es un médico antiguo y prometió que me regalaría sus discos y sus libros sobre el comunismo.

Yo también me dormiría si pudiera. Además el señor no se puede quedar solo en esta carretera.

Lo mejor del entierro fue el final cuando lo sacaron entre cuatro hombres del carromato.

Y ahí lo dejaron bajar. Cuando el peso negro se apoyó en el fondo, pasó una bandada de tórtolas.

Plinio se puso la mano en el pecho y gritó: “Hasta Luego, Don Lübeck”

Y yo también lloré un poco.

Cuando salimos del pueblo sólo había un radio prendido en una cantina, en la única, vacía. Ahora el bus se mece. Suenan las chicharras. El viento es tibio. Pero mi abuelo se murió, hoy mismo, en la cama.

Segundo duo

Daniel Herrera Reátegui.

Guillermo Cardoza Huayanca. ………… guilledar-6.blogspot.com

La desintegración de mi abuelo

En 1945 mientras las bombas caían bajo la estación de tren nació mi abuelo en un oscuro búnker.

Nadie lo oyó mientras pataleta y lloraba, después de asearlo lo pusieron al lado de su madre, la que lo mira con ternura, con la caída de las bombas mi bisabuela lloraba sonriendo silenciosamente.

El no entendía porque los ingleses utilizaron bombas para liberar a los judíos y comunistas; pero en verdad no lo liberaban mas que del vientre de su madre y de las tres comidas durante cinco años.

A pesar que lo amenazaban de mandarlo a América del Sur no quiso ir a Londres a vender yunques. El le respondió zarcas mente, a pesar de esto lo enviaron a administrar una mina de oro en Brasil.

Si no hubiera ido, no habría cambiado su vestido de cazador de leones y sus botas de caucho por un sombrero de paja y vestido de hilos y no hubiera podido expresar su opinión acerca de los yunques, los negros y los ingleses; no podría haber emigrado a esta tierra.

Tampoco hubiera conocido la meseta más hermosa la cual no quiso dejar hasta ayer, el día de su muerte.

No habría conocido a mi abuela, a la que tuvo que cortejar por cinco años antes de que su padre acepte el matrimonio ya que para entonces el era socio de una fabrica de cemento. Diez días después de haber muerto su suegro se casaron, fue una gran fiesta, No hubo oposición al matrimonio porque sino lo hubiera comprado todo donde vivía el anciano de su suegro.

Nunca me gusto escribir pero ante la muerte de mi abuelo siento la necesidad de hablar de ello.

En este momento estoy intentando escribir acercándome cada vez a la finca donde esta su fabrica.

Su entierro fue como otro chiste de él. Al principio fue aburrido con el cura recordando la historia de mi abuelo.

Mi abuelo viendo las nubes por el vidrio de ese cajón negro, sobre la tierra roja, como él hubiera querido verse murió en mitad de otra carcajada.

Yo y mi abuelo somos muy parecidos.

Lo mejor de entierro fue la aparición de dos bueyes dignos de mi abuelo.

Yo también llore cuando enterraron a mi abuelo imaginando lo que lloraría la madre de mi abuelo si lo viera ese cajón.

Al llegar a la finca ladraban los perros pensando que llegaba, pero era yo.

Resumen grupal

En 1945 mientras que caían bombas nació mi abuelo, lo colocaron al lado de su madre, mi bisabuela lloraba sonriendo silenciosamente.

Él nunca entendió porque los ingleses emplearon bombas par liberar a los judíos y comunistas. Pero en verdad no lo liberaron más que del vientre de su madre y de la comida durante cinco años.

A pesar de que fue amenazado de ser enviado a América del sur el no quiso ir a Londres. El respondió zarcas mente a pesar de lo cual lo mandaron administrar una mina de oro.

Si no hubiera ido no hubiera cambiado su vestimenta por un sombrero de paja y vestido de hilos y no hubiera podido dar sus ideas acerca de todo lo que no le gustaba.

Y tampoco el lugar mas hermoso de donde no salio nunca hasta ayer el día de s muerte.

Ni tampoco a mi abuela la que tuvo que cortejar por 5 años hasta que mi bisabuelo acepte el matrimonio. Diez días después de la muerte de su suegro se caso y no hubo ni una oposición sino el los hubiera comprado todo donde vivía su suegro.

Nunca me gustó hablar de este tema pero con su muerte siento necesario de contarlo. En este momento intento escribir cuando me dirijo a la finca donde se encuentra la fabrica de mi abuelo.

Yo y mi abuelo nos parecemos mucho.

El entierro de mi abuelo fue como otro chiste del mismo al comienzo aburrido con el cura contando la historia de mi abuelo y lo mejor la aparición de dos bueyes dignos de mi abuelo.

Yo llore un poco cundo lo enterraron pensando lo que lloraría su madre al verlo en ese cajón.

Al llegar a loa finca los perros ladraban creyendo que venía mi abuelo pero en realidad era yo.

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